LA GACETA les preguntó a los lectores: en el afán de contener la pandemia, ¿qué responsabilidad tiene la sociedad en este regreso a restricciones más duras? Se produjo casi un empate entre las opciones “hay falta de empatía, no nos importa el otro” y “las autoridades no cumplen ni dan el ejemplo”. Entre ambas respuestas se agrupa casi al 75% de los encuestados. El resto se reparte entre quienes votaron “la economía no da más, hay que salir a trabajar” y los negacionistas del coronavirus, quienes siguen afirmando que todo es una exageración/complot. Eran muchos al comienzo de este infierno y fueron cambiando de opinión a partir del conteo diario de enfermos y de muertos.
Este sondeo de opinión, habilitado en nuestra plataforma digital, presenta como marco de referencia la más absoluta incertidumbre. Nadie conjetura con precisión cuándo se frenará esta segunda ola; si estamos en el pico o si la curva mantendrá el ritmo ascendente; si estamos sufriendo lo peor o si la situación puede agravarse durante las próximas semanas. Todo es día a día, minuto a minuto.
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“Las autoridades no cumplen ni dan el ejemplo”. Este voto suele ser de lo más selectivo y se asocia con el concepto de autoridad que elabora cada uno. Si se ensayara un desagregado, lo más probable es que apareciera la grieta en toda su dimensión. Hay quienes alzan la mano pensando en una locreada encabezada por el Gobernador o por la fiesta familiar de un concejal peronista. Otros alzan la mano referenciados en las marchas multitudinarias convocadas por la oposición en plena pandemia. Todas son “autoridades”, también los representantes de la sociedad civil, encargados de conducir colegios profesionales, entidades empresarias y religiosas, sindicatos, clubes, ONG y un amplísimo rango de etcéteras. “Autoridades” hay por todas partes, con distintas facultades y obligaciones en función del lugar que ocupan, pero con una misión que las distingue y unifica: propender al bien común. Al menos por ahí pasa la definición clásica de “autoridad”, nada que ver con todo lo relacionado al autoritarismo.
La cuestión es mirar el cuadro con amplitud y ser lo suficientemente honestos para aceptar en quiénes estamos pensando cuando emitimos esta clase de opiniones. Hay quienes están convencidos de que el culpable de todo lo que pasa es el Gobierno y hay quienes sostienen lo contrario. Y lo más llamativo, y esta es la esencia de la grieta, es que en esos extremos no hay margen para los matices. La realidad es que el entramado social asoma mucho más complejo, que hay infinidad de actores involucrados en la toma de decisiones, cada uno con su cuota de “autoridad”, y que por lo general no son tomados en cuenta. Y es un error, porque en muchos casos tampoco cumplen ni dan el ejemplo.
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En lo que se refiere estrictamente a la dirigencia política, lo curioso hubiera sido lo contrario. Que cumplieran y dieran el ejemplo, desde quienes encabezan los Poderes del Estado hasta los funcionarios de más bajo rango. Tal vez al comienzo de la pandemia, allá por marzo del año pasado, apareció el margen para creer en una epifanía colectiva, en un cambio de conductas, en la posibilidad de una redención dirigencial capaz de sacar a Tucumán de esta permanente sensación de frustración que venimos arrastrando. Qué ingenuidad.
Cuando más se necesitan la unidad, el consenso, la comunión de objetivos y la armonía en el trabajo, cuando Tucumán más los precisa, el Gobernador y el Vice ofrecen un espectáculo público vergonzoso, una pelea que desnuda su naturaleza obsesionada por el poder y a la que se suma con todo el entusiasmo imaginable el cardumen de acólitos que les hace la claque. Mientras Tucumán se incendia Juan Manzur y Osvaldo Jaldo caminan con bidones de nafta bajo el brazo.
La oposición -que es a la vez oficialismo en tres de los municipios más importantes- actúa por reflejo y los imita. Los “referentes” coquetean entre ellos, asisten a toda clase de reuniones, prometen lo que no van a cumplir, se dan la mano mientras ocultan la desconfianza y hacen cuentas imaginando boletas, urnas y cuartos oscuros. En resumen, toda esa masa dirigencial, en ambos lados del mostrador, está enfrascada en lo que menos le importa a la ciudadanía en estos momentos: las elecciones.
Alguien debería avisarles que estamos transitando lo peor de la pandemia.
En otras palabras, si desde hace décadas las “autoridades” no cumplen ni dan el ejemplo, ¿por qué iban a hacerlo ahora?
Ahora bien, y para cerrar este capítulo: que las “autoridades” no cumplan ni den el ejemplo lo dice todo de ellas, pero tampoco es carta blanca para la desobediencia civil. Es falso el razonamiento “si ellos no cumplen, yo tampoco”, y suena de lo más común en estos tiempos. Por supuesto que se espera un comportamiento diferente, ejemplar, de quienes nos conducen. Pero si el líder se arroja al precipicio es absurdo seguirlo. Muchos -demasiados- lo están haciendo.
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“Hay falta de empatía, no nos importa el otro”. “La que está enferma es la sociedad”, opinó ayer una forista de LA GACETA. Y si estamos en un punto en el que ni el sufrimiento ni la muerte nos conmueven, da para pensarlo.
Pronto llegarán a 2.000 los fallecidos a causa de la covid-19 en Tucumán. Hubo familias que perdieron a más de un integrante, pero a los efectos simbólicos quedémonos con ese número. Son 2.000 familias atravesadas por la tragedia y por el dolor, de las que la sociedad prefiere no hablar, no enterarse. Incomodan, porque interpelan. 2.000 familias que no pudieron velar a sus seres queridos. Ni siquiera verlos, porque de la terapia intensiva los cuerpos salen herméticamente sellados por una bolsa. 2.000 familias tucumanas que parecen no contar en esta ecuación.
Y también quienes consiguieron recuperarse, pero afrontan serias secuelas.
Y el personal de la salud, que pasó de recibir aplausos a sentirse abandonado, ignorado, casi insultado cada vez que suena la música de las fiestas clandestinas. Con el agravante de que muchas de esas fiestas/cumpleaños/reuniones que podrían posponerse, porque a nadie se le arruinó la vida por privarse de un festejo, cuentan con sospechosas protecciones. Hay una doble vara evidente: a algunos les cae la clausura inmediata, con otros se hace la vista gorda. Aquí también hay una conducta oprobiosa de las “autoridades”.
Ese personal de la salud que trabaja más allá de sus fuerzas ya no sabe cómo suplicar que le den un respiro. Pero no se los escucha y esa sordera corrobora aquello de que “la sociedad está enferma”. No de coronavirus, sino de egoísmo, arrogancia, soberbia y muchos otros males que se pusieron en evidencia desde hace varios meses a esta parte.
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Las restricciones son inevitables. Europa, Estados Unidos y Japón se cerraron cuando los golpeó la segunda ola durante el invierno (boreal) que ya superaron. Ahora están vacunando a toda máquina y esperan, para julio/agosto, retomar lo más parecido a una normalidad que permite la pandemia. El verano, en el Hemisferio Norte, se augura colmado de buenas noticias.
Mientras, aquí estaremos sumergidos de lleno en un invierno que sigue pintado de incertidumbre, dependiendo de la llegada de vacunas que, de la línea del Ecuador para abajo, se reciben en cuentagotas. El efecto del inminente confinamiento estricto se verá, con viento a favor, a mediados de junio. Tristísimo y preocupante cuadro de situación.
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Volvemos entonces a la pregunta del inicio. ¿Qué grado de responsabilidad le cabe a la sociedad? No deja de ser el cuestionamiento más fastidioso de todos, porque nadie quiere hacerse cargo. Siempre, pero siempre, la culpa será del otro. Por los motivos ya expuestos y por los muchos que pretendan agregarse. Pero lo cierto es que aquí y en el resto del mundo esta respuesta colectiva a la primera pandemia del siglo XXI es motivo de un estudio minuciosos y las primeras lecturas no son alentadoras.
Por más que les pese y les duela, las sociedades y lo errático de su compartimiento poco están ayudando. Al contrario. Y si no, que le pregunten al personal de la salud qué piensa de esto.